
El pueblo es poco más que un puñado de casas en lo alto de una loma, con un pequeño almacén en el centro, en donde además funciona el único teléfono público lugar. Sin embargo, ese aire de desolación le dan a todo aquello un toque mágico.
El mar es azul profundo y calmo. La topografía del lugar hace que la playa combine las arenas blancas, tradicionales en la zona, con unas formaciones rocosas similares a un pequeño acantilado, desde donde algunos ensayan clavados mientras otros despreocupados practican Snorkel.
Las tardes llegan acompañadas de un ritual que se repite. A la hora señalada, los autos se detienen, los chicos bajan de sus bicicletas y todos en la playa miran hacia el mar, que también espera. En ese momento, un sol diminuto y enrojecido comienza su descenso en las aguas distantes. El cielo cambia de color y la gente estática parece no querer perturbar la escena. Son sólo unos minutos hasta que llega por fin la noche y todos, espontáneamente, aplauden el espectáculo que seguirá el cartel toda la temporada.
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